Camello Parlante
Anna Netrebko y Yusif Eyvazov en Movistar Arena de Chile (Foto: Sergio Garcia Pardo)

[CRÍTICA] Anna Netrebko y Yusif Eyvazov en Lima

Comenzamos nuestra crítica evocando esa inveterada costumbre gastronómica italiana de los appetizers, previos a los suculentos almuerzos del domingo, en donde el comensal puede servirse un bocadillo de aquí, otro de allá, regado con un buen vermouth rosso, para abrir el apetito. Diríamos en el buen léxico peruano: un lonche bien servido que puede agradar -o no- a aquellos paladares exigentes, como también, a los neófitos en el arte del buen comer.

Descripción similar se ajusta al programa del concierto que ofrecieron Anna Netrebko y su esposo Yusif Eyvazov en el Gran Teatro Nacional de Lima el 9 de agosto. Fue una verdadera selección de aperitivos operísticos, que pueden integrar la selección musical de un aparato de entretenimiento de un vuelo intercontinental, como también, el programa de un festival de verano en los jardines del Palacio de Versalles. Un verdadero good show para contentar a las masas de neófitos y de melómanos apasionados por la ópera.

Otros divos que pisaron Lima en los últimos años, como Jonas Kaufmann o Joyce DiDonato, presentaron programas musicales camerísticos y exigentes que permitieron apreciar sus voces con otros criterios musicales. Esta vez, nos encontramos con un menú que contenía un poquito de música sinfónica de Bizet por aquí, un intermedio de una ópera pucciniana por allá, mezclados con un fragmento de una opereta vienesa, arias y dúos conocidos de Verdi, Giordano y de Puccini, sazonados con un lied de Antonín Dvořák. Una selección de “grandes éxitos” destinadas a evitar traspiés ante los oídos entrenados y a satisfacer a los primerizos. Un concierto con un formato más cercano al show off antes que un recital lírico exigente. Al fin y al cabo, es lo que se espera de las figuras del star system operístico internacional, una de cuyas reinas indiscutibles es la soprano rusa, Anna Netrebko.

Apenas conocemos las legendarias controversias entre los seguidores de María Callas y Renata Tebaldi, o entre los partidarios de Mario del Monaco frente a los de Franco Corelli, que marcaron una época, allá por los años cincuenta y sesenta. Los melómanos que transitamos nuestros cuarentas recordamos la tiranía del star system operístico con el reinado disputado entre Plácido Domingo y Luciano Pavarotti, quienes monopolizaron el lanzamiento de CDs, videos y casetes de ópera, orientando nuestros gustos y preferencias musicales. Luego en los noventa, nos apareció la pareja de moda integrada por el matrimonio Roberto Alagna-Angela Gheorghiu. En honor a la verdad, Alagna mejoró como cantante, luego de su divorcio de Gheorghiu, mientras que ella hoy sigue exasperando a los directores de teatros con sus divismos proporcionalmente exagerados al declive de su voz. Esta guerra entre las compañías discográficas dejaba en la sombra a otros grandes intérpretes, generando la creencia en el público de que el súmmum de la ópera se reducía a los consagrados por el star system discográfico.

En la primera década del siglo XXI, esa competencia comercial promovió una nueva pareja operística compuesta por la joven y atractiva Anna Netrebko junto al sobreactuado tenor mexicano, Rolando Villazón, para hacerle sombra a la dupla Alagna-Georghiu.

Sólo a los melómanos exquisitos les sonaba el nombre de la rusa Anna Netrebko, quien durante los noventa había grabado para el desaparecido sello Philips las óperas Ruslán y Liudmila de Mikhail Glinka y El matrimonio en el convento de Serguei Prokofiev, bajo la batuta del célebre Valery Gergiev, dirigiendo las fuerzas musicales del Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Fue en el año 2005, cuando su aparición en la producción de Willy Decker de La Traviata en el Festival de Salzburgo, junto a Rolando Villazón, lanzó su imparable carrera lírica en los escenarios internacionales. En un principio fue aclamada por sus admiradores y recibida con cierta indiferencia por los melómanos más exigentes.

En estos tiempos en los cuales el artista de ópera no solo debe cantar bien la partitura, sino que también debe “convencer” al público, Anna Netrebko, gracias a sus dotes musicales y actorales, conquistó lentamente a aquella parte del público que en un principio la consideraba sólo un fenómeno comercial de las grandes compañías discográficas.

Mientras Villazón quedó en recuerdo de sus admiradores, Netrebko continuó su ascenso hacia el paraíso de las divas. Basta citar como ejemplos de ese derrotero su debut como Lady Macbeth, en la ópera de Verdi en la Metropolitan Opera House en 2014, o su interpretación de Aida en el Festival de Salzburgo de 2017. Ambos sucesos fueron hitos en su carrera que arrobaron al más endurecido purista verdiano.

Con todo ese prestigio ganado, Anna Netrebko y su actual marido, el tenor azerbaiyano Yusif Eyvazov, aterrizaron en Lima para cantar acompañados por la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil Bicentenario dirigida por Jader Bignamini.

Anna Netrebko y Yusif Eyvazov en Lima (Foto: TQ Producciones)
Anna Netrebko y Yusif Eyvazov en Lima (Foto: TQ Producciones)

Con un Gran Teatro Nacional colmado de público, el concierto fue una secuencia de piezas musicales, cuya primera parte, podríamos decir, concentró las arias de óperas más “serias” y de mayor complejidad técnica. Luego del intermedio, la segunda mitad del concierto consistió en una sucesión de piezas musicales más ligeras y populares que pusieron la nota de color para cerrar una velada musical particular.

En primer lugar, la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil Bicentenario llamó la atención por su interpretación medida y pasable. Salvo algunos desbarajustes en ciertos pasajes de las piezas orquestales, Bignamini supo guiar a este cuerpo orquestal durante las dos horas de concierto con aciertos, logrando arrancar pasajes muy bien interpretados. Entre ellos, merecen citarse los intermezzi de Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagni y de Manon Lescaut de Giacomo Puccini. Un dosis extra de ensayos hubiese eliminado las imperfecciones y cierta falta de brío.

Pero el plato fuerte de este appetizer party fue el canto de Netrebko, quien está en la cumbre de sus recursos vocales. Con una voz cuasi-oscura, pero con un sonido envolvente, aterciopelado, cuyo fiato es de una elegancia superlativa, provoca un hechizo al cual nadie puede escapar. Su voz resonó en cada rincón de la sala. Su rango de escalas de notas graves a las más brillantes lo emite con una elegancia prístina, sin ningún rastro de vibrato. La potencia de canto nos confirma su capacidad para abordar el repertorio wagneriano, tal como lo hizo en 2016, interpretando el rol de Elsa en el Lohengrin en la Ópera de Dresde bajo la dirección de Christian Thielemann. No sería extraño que, en el corto plazo, Anna Netrebko se anime al papel de Isolda, porque la potencia de su voz se impone sin dificultad a los tutti de la orquesta sin atenuaciones. Bastó escuchar, su introducción al aria Pace, pace mio Dio de La Forza del Destino para convencernos, en vivo y en directo, de su técnica y de su insuperable desempeño actoral. Netrebko no sólo canta, sino que también vive la música en el escenario. Una interpretación exquisita que se repitió con el caballito de batalla pucciniano, el aria Vissi d’arte de Tosca, un papel que debutó este año en la Metropolitan Opera House. No obstante, esa potencia y el tono aterciopelado de su voz, sonaron estruendosos en su versión del O mio babbino caro, una pieza de repertorio que demanda un tono más lírico e intimista.

Este fue el programa del concierto de Anna Netrebko y Yusif Eyvazov
Este fue el programa del concierto de Anna Netrebko y Yusif Eyvazov

Cuando hablamos de Yusif Eyvazov, el esposo de Netrebko, los melómanos tenemos una reacción inmediata. Es necesario decirlo: muchas veces el star system -o los matrimonios con estrellas- suele vendernos gato por liebre, promocionando cantantes que en otro contexto no pasarían de ser intérpretes de casas de ópera de segundo orden. Y si de Yusif Eyvazov se trata, al escuchar su versión del Un di all’azzurro spazio de la ópera Andrea Chenier de Giordano, no comprendemos como los logginisti de la Scala de Milán no se amotinaron en ese templo sagrado de la ópera en diciembre del año pasado.

Si bien Eyvazov tiene una voz lírica con proyección, son notorias sus deficiencias técnicas que suple con manierismos vocales y con giros que le permiten escapar de pasajes que demandan brillantez. Quizá esto explique el porqué de la modificación del programa original del concierto, que birló el duo Bimba dagli occhi pieni di malia de Madama Butterfly de Puccini, o el aria Mamma, quel vino è generoso de la Cavalleria Rusticana, en las cuales sus limitaciones vocales hubiesen quedado demasiado expuestas.

La ausencia de una línea de canto en Eyvazov indica que su formación lírica aún está en proceso, porque todavía no la ha encontrado. El inteligente recurso de cantar a dúo con su esposa le permite llevar el concierto y pasar por alto esas dificultades. Pero como el público adora el “pan y circo”, la trillada aria Nessun dorma de la Turandot pucciniana generó una ola de entusiasmo, similar a la que provocó su cónyuge. En esa aria fue dónde el vibrato de Eyvazov fue más notorio, aunque pareciese que para el público local, a mayor volumen -o grito- es signo de talento. De allí nuestro fastidio frente a esa reacción, además del disgusto ante el silencio de los críticos que no se atreven a señalar que el rey está desnudo.

No somos condescendientes con el desempeño de Eyvazov porque está lejos de competir en el círculo de los otros divos como Jonas Kaufmann, Marcelo Álvarez o Piotr Beczala.

Tal como dijimos más arriba, la segunda parte del concierto estuvo integrada por piezas ligeras, que dejó expuesta cierta insustancialidad de la selección de obras. Desde un dúo de Franz Lehár pasando por el quejoso E Lucevan le stelle cantado por Eyvazov, una czárdá de Kálman cantada y bailada por Netrebko, la infaltable Granada -¡y nos seguimos preguntando por qué la incluyen en cuanto concierto de tenor acontece por estas playas!-, para culminar con el rutilante dúo final de amor y muerte del Andrea Chenier de Giordano.

Esta última pieza completó el menú de un lonche que nos dejó un poco insatisfechos. Hubiésemos querido escuchar a Netrebko interpretar su soberbia Vieni, t’afretta del Macbeth, o su sublime O patria mia de la Aida de Verdi. Si bien el O mio babbino caro suplió la demanda de hits operísticos, Anna Netrebko pudo brindar mucho más de su extraordinario talento. Pero business is business y este concierto concluyó con los obligados bises tales como el aria de Gianni Schicchi cantado por Netrebko, además del infaltable dúo del ‘O sole mio de Capurro y Di Capua que colocó al público en un clima de euforia similar al de una final de superclásico entre la U y Alianza Lima.

Gracias a este concierto hemos podido escuchar en vivo y en directo a una de las divas de la ópera internacional, quien está en la cumbre de su carrera. Como en todo lonche, pudimos probar los bocaditos gourmet preparados por Anna Netrebko, y una que otra aceituna con carozo presentada por Yusif Eyvazov, regados por un buen vermouth musical provisto por la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil Bicentenario.

Tal como dijimos al inicio: la selección de aperitivos dejó satisfechos a algunos y a otros nos dejó con sabor a poco. Los más exigentes nos tendremos que conformar con seguir a Anna Netrebko en las próximas transmisiones de la Metropolitan Opera House, en los streaming de los canales operísticos de YouTube o viajando para verla cantar exigentes roles en algún teatro del hemisferio norte. No obstante, existe una verdad indiscutible: Es una de las grandes divas de la ópera actual, cuya carrera nos seguirá brindando muchas sorpresas.

*Imagen en portada: Anna Netrebko y Yusif Eyvazov en Movistar Arena de Chile (Foto: Sergio Garcia Pardo)

Ariel Campero

Ariel Campero

Melómano y diplomático. Secretario de Cultura y Turismo de la Embajada de la República Argentina en el Perú

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