Camello Parlante
Leonard Bernstein, Carnegie Hall, New York City (Foto: Henri Cartier-Bresson / Magnum Photos)

Descifrando a Leonard Bernstein

Escribir algo que no suene obvio sobre Leonard Bernstein no es nada fácil, sobre todo porqué él mismo, en su increíble vida dedicada a la música, ha dicho y escrito muchísimo, sobre sí, y sobre la música en sus aspectos más complejos. Así que, si piensan leer en lo que sigue alguna revelación, tendrán que aceptar que no habrá ninguna, lo siento.

En su centésimo aniversario (Lawrence, Massachusetts, 25 de agosto 1918) quiero homenajearlo escribiendo, sin ningún fin “enciclopédico”, lo que le diría si tuviera la suerte de hablar con él, tomándonos juntos un buen whisky, y charlando líberamente.

Mi mamá me regaló, hace muchos años, un libro de entrevistas redactadas por Enrico Castiglione. Una vita per la musica era el título, Una vida por la música. En estas amables conversaciones que Bernstein había tenido con el periodista italiano, yo empezaba a descubrir más de un director que hasta ese momento conocía solo superficialmente, a través de algunas grabaciones. No existía YouTube, ni Spotify, así que las posibilidades para conocer eran mucho más limitadas y, sobre todo, no tan inmediatas como lo son hoy.

Recuerdo muy bien una frase de este libro, dentro de un mar de informaciones, ideas, recuerdos: “Si te preguntas si debes ser músico o no, entonces la respuesta es no”. Imagínense cómo yo, un adolescente, reaccioné. Me quedé asombrado, en un momento en el cual todo para mí eran preguntas (ya saben cómo es a los quince, dieciséis años). Pero después de un rato me di cuenta de que, si había algo sobre lo cual nunca me había preguntado justamente era el hecho de que yo fuera músico.

Desde un principio, entonces, Leonard Bernstein ha representado para mí un ideal y un punto de referencia, por su forma de entregarse completamente a la música, como director, como compositor, como pianista, como divulgador. Creo no exagerar si afirmo que ha sido la personalidad musical más completa del siglo XX, y justo por esto, su aporte a la música, sigue siendo de incalculable valor.

Tras su fallecimiento, el 14 de octubre de 1990, la televisión italiana transmitió por primera vez el documental de la grabación de West Side Story, con Te Kanawa, Carreras, Troyanos, Moll. Decía Bernstein, al inicio de este documental, que por primera vez estaba dirigiendo esta obra completa (el soundtrack de la película había sido dirigido por John Green, apareciendo Bernstein entonces solo como compositor) y que se había puesto a estudiarla de nuevo, como hacía con cualquier otra obra de cualquier otro compositor.

Este detalle nos dice mucho sobre la humildad de ese hombre y, a la vez, nos ayuda a entender cuán distinto es ser compositor y ser director; las dos cosas siendo entrelazadas, pero siendo la segunda no necesariamente automática, sin los debidos estudios. Dicho sea de paso, nos explicamos entonces el porqué los compositores que intentan dirigir, son muchas veces pésimos, hasta cuando dirigen su propia música (con todo el respeto debido).

Bernstein ha sido un tremendo director, cuyos estudios con Fritz Reiner y Sergei Kusevitski formaron una técnica que le permitía expresar cada mínimo detalle, el más pequeño y particular de una composición, según su visión siempre tan personal y original (sin olvidar que, de hecho, su talento fue algo único y absolutamente sorprendente). Y su personalidad era tan fuerte, sus ideas siempre tan motivadas, que podía convencerte de su visión, aunque al principio te pareciera loca, inaceptable o, simplemente, equivocada.

Una de las sorpresas más grandes que tuve fue cuando escuché por primera vez “su” Sexta Sinfonía de Tchaikovsky, la “Patética”. Todo era como siempre maravilloso, brillante, bien dirigido y bien tocado, hasta que llegué al último movimiento, el Adagio lamentoso. El tiempo era casi el doble más lento de lo usual, tanto que la versión de Bernstein duraba más de 17 minutos, en vez de un promedio de 9 o 10 minutos de casi todas las versiones que yo conocía. En un principio mi reacción fue de rechazo “¿cómo era posible una diferencia tan grande?”, pero mientras más seguía escuchando, más me dejaba transportar en un mundo desconocido, que no era el mundo de Bernstein, era el mundo de Tchaikovsky, “visto” a través de los ojos de Bernstein. Terminé llorando sin casi darme cuenta de que la sinfonía había terminado, me había perdido, hundido en algo en lo cual, definitivamente, Bernstein me había llevado de la mano. Después de un tiempo supe que el mismo Tchaikovsky había estado pensando en un programa para esta sinfonía, aunque pensaba no revelarlo (“lo adivina quien pueda”), un programa “lleno de emoción subjetiva” según sus palabras y, como él mismo decía “durante mi último viaje, mientras pensaba en ello, lloré con frecuencia”.

Con todo esto, no quiero absolutamente llegar a una “santificación” de Bernstein, ni creo que él estaría de acuerdo, justamente por su actitud tan humilde en todo lo que hacía. Como todos los músicos, tenía seguramente autores que le eran más congeniales y otros menos (aunque no me pidan una clasificación, porqué sería muy ingrata tarea).

De hecho, sus interpretaciones de la música de Gustav Mahler representan un apogeo en la historia de la interpretación de este autor, y no solo por haber sido pioneras, en una época en la cual Mahler representaba tal vez hasta algo asqueroso (seguro muchos de ustedes conocen el video del ensayo de la Quinta sinfonía con la Filarmónica de Viena, y el enfado de Bernstein por la actitud tan distante de toda la orquesta).

Pero cómo no mencionar el Brahms tan lleno de pasión, gracia y melancolía a la vez; la música de Shostakóvich, de Stravinsky, de Haydn, dirigido con tanta alegría, sarcasmo y ligereza; un Beethoven, aunque lejísimo de criterios filológicos y con tiempos a veces muy lentos, pero completamente identificado en la filosofía kantiana, tan amada por Beethoven: “Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellos la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”. No hay que olvidarnos que Bernstein era un hombre muy culto, en el sentido más completo y profundo que esta palabra pueda tener.

Se me ocurre mencionar, a propósito de Haydn, algo que por las redes sociales ya está dando vueltas hace mucho tiempo. Un video de Bernstein dirigiendo el último movimiento, Allegro con spirito,de la Sinfonía en sol mayor Nº 88 (en el video debajo de este párrafo). La particularidad es que, en este video, prácticamente Bernstein no dirige, al menos no de forma tradicional. Vemos y escuchamos entonces a la orquesta tocar y Bernstein haciendo muecas, sin mover sus brazos. “Legendario Bernstein, ¡puede dirigir con su cara!”, y comentarios muy similares, se leen cada vez que este video aparece. Sería bueno aclarar de qué se trata, sin quitar nada al genio de Lenny, pero al menos intentando contextualizar lo que se ve y se escucha. Esas imágenes corresponden a un bis, un “regalo”, como se suele llamar acá. O sea, la orquesta acaba de tocar la sinfonía completa y, a pedido del público, que no deja de aplaudir, Bernstein decide repetir el último movimiento, da la entrada y baja sus brazos, disfrutando con sus amigos de la Filarmónica de Viena. ¿Dirige con la cara? Sí, pero no. Es decir, hubiese él dado la entrada y luego dejado vacío el podio, ¿qué hubiera sucedido? Bueno, exactamente lo mismo. Primero, porque la orquesta terminaba de tocar el mismo movimiento; segundo, porque se trata de una sinfonía técnicamente al alcance de cualquier orquesta profesional; tercero, porque estamos hablando de la Filarmónica de Viena.

Entonces, ¿cuál es la razón del gesto de Bernstein? Justamente homenajear a sus grandes amigos de la orquesta, dar un paso atrás y dejarlos tocar solos, demostrando su valentía, independientemente de él. Una vez más, una actitud humilde y no, como de repente muchos habrán pensado viendo ese corto video, una muestra de bravura del director.

Bernstein ha sido un músico honesto por toda su vida. Honesto, auténtico, y totalmente fiel tanto a los autores que dirigía, como a su visión personal de la música, por más que esto pueda parecer paradójico. Tanto así que no tuvo ningún temor (o, si lo tuvo, lo superó) de interpretar la Quinta Sinfonía de Shostakóvich, presente el compositor, en Rusia, en 1959, con la Filarmónica de Nueva York, dirigiendo el último movimiento al doble de la velocidad indicada por el autor mismo, quien quedó conmovido al final del concierto y agradecido por tan preciosa interpretación. ¿Como fue posible esto? Seguro por la autoridad del director y de su versión de la obra, y, opino, por algo que era muy proprio del mismo Shostakóvich, es decir una inseguridad constante, debido muy probablemente a los muchos problemas que él tenía con el régimen comunista, siempre hostil a su música.

Bernstein decía: “si no me transformo en Brahms, Mozart, Tchaikovsky cuando dirijo su música, entonces no será un buen concierto”. Esto nos ayuda a entender lo que dije más arriba cuando hablaba de la honestidad del director frente al compositor, así como hacia su visión de la obra.  Es decir que, aunque él tuviera ideas muy personales y originales, esas ideas se originaban desde una total identificación del director con el compositor que él dirigía, después de haberse “puesto en sus zapatos”. Una empatía que entendió él mismo siendo compositor.

Ese dualismo era algo que el mismo Bernstein definía “muy cansado”, como si “en el mismo hombre fuesen presentes a la misma vez dos hombres”. Y esta doble presencia representaba para él una frustración muy grande, porque el compositor quitaba tiempo al director y viceversa.

Las composiciones de Bernstein, para tener una idea, ocupan 10 CDs, es decir, como las sinfonías de Beethoven y Tchaikovsky a la vez; como todas las sonatas para piano de Beethoven más el Fidelio; o más de toda la música para ballet y para escena de Stravinsky. Sin embargo, aparte West Side Story, y pocas otras obras suyas (la obertura de Candideencabeza la lista, luego siguen los Chichester Psalmsy poco más) nadie identifica a Bernstein como un compositor “puro”, y todos -o muchos- piensan en él como un director que escribía, no como a “un compositor que dirigía”, como él se definía en algunas ocasiones. De esto sufrió mucho por toda su vida, pero ¿por qué sucedió aquello? ¿Cuál es la razón para no considerarlo un “verdadero” compositor?

Asumo que el siglo XX se desacostumbró a figuras musicales tan completas como la de Bernstein, figuras que en las épocas pasadas eran, al contrario, muy comunes. Si solo pensamos en Beethoven, que fue un gran pianista e improvisador, además de ser compositor y director; en Liszt, virtuoso del piano, compositor y muy buen director de orquesta (además de excelente compositor de importantísimas obras para orquesta); en Rachmaninov, Bartók, Shostakóvich… todos estos compositores eran a la vez más cosas (Rachmaninov y Bartók siendo unos de los pianistas más virtuosos de su época).

Bernstein compartía el hecho de ser “incomprendido” como compositor con otra gran figura musical: Gustav Mahler. La razón, muy aparte de las consideraciones y comparaciones que se podrían hacer sobre la música de los dos, es que ambos fueron tan buenos a la vez como directores y compositores, Mahler siendo uno de los más destacados directores de su época, sin olvidar que la dirección de orquesta como la entendemos hoy en día es algo muy reciente.

La misma suerte no ha pasado, por ejemplo, Pierre Boulez, que ha llegado a dirigir muy tarde y solo después de haber incursionado en el mundo de la dirección como intérprete de sus obras. Lo mismo se puede decir de Stravinsky, que solo se ocupó como director de su propia música, lo cual representa una increíble fuente de informaciones para aquellos que quieran estudiarlo e interpretarlo, no obstante, su desempeño como director ha sido muy modesto. Y, si queremos mencionar una figura de director incontestable, pensemos a Wilhelm Furtwängler, que compuso tres sinfonías, dos sonatas para violín y algo más, pero que nadie identifica como compositor.

Mientras escribo sobre Bernstein estoy escuchando “sus” sinfonías de Schumann, una grabación en vivo realizada con la Filarmónica de Viena y publicada por Deutsche Grammophon. Hasta ahora no encuentro ninguna otra versión que llegue a acertar todos los aspectos de la poética de Schumann, su dualismo, su “doble personalidad”, expresada tan bien es sus artículos, que él firmaba a veces como Florestan, a veces como Eusebius. Y diría que, dentro de las características de Bernstein, el llegar siempre a enfocar en lo profundo de un compositor era lo que más se evidenciaba en sus interpretaciones.

Eso seguramente era gracias a su forma de pensar la música, siempre desde el punto de vista del creador. Y, si queremos, finalmente, hablar de él como director, hay que destacar cómo su forma de dirigir era, en cada una de sus presentaciones, de hecho, una “re-creación” de la obra. Como si él la estuviera componiendo en el mismo momento en que la dirigía. Desde un punto de vista técnico, él era la expresión máxima e imparable de la música en cada momento y por cada detalle.

En realidad, sus ensayos eran muy detallistas y meticulosos, y las orquestas con las que trabajaba eran excelentes en todos sentidos. Sin embargo, él dirigía cada concierto, y hasta en las tournées, como si fuera la primera vez – o la última, siguiendo al pie de la letra lo que él decía a sus alumnos: “Tienen que dirigir cada concierto como si fuera el ultimo!”.

Hay que decir de una vez que sus bailes, sus saltos, sus muecas, no eran nada casuales, nada improvisados, tanto que quien ha escuchado más de una presentación del mismo programa, afirma que cada uno de estos gestos se repetía, de la misma forma y en el mismo lugar, para obtener este y solo este resultado musical. Simplemente, formaban parte de una técnica de hecho muy personal, que involucraba todo el cuerpo en el acto de dirigir.

Una vez le preguntaron a Herbert von Karajan si, al momento de subir al podio tenía alguna preocupación; su respuesta fue “¿usted cree que yo subiría al podio si no supiera exactamente lo que pasará?”. Una actitud completamente distinta porque Bernstein, por más que hubiera ensayado, siempre sabía -o, de repente, esperaba- que en el concierto algo inopinado, algo milagroso podía suceder, y por esta razón dirigía como dirigía, no dejando nada inexplorado, no dando nada por sentado.

Aunque muchos no reconozcan en Bernstein una técnica como comúnmente se piensa en ello, no comparto en absoluto esta visión, y creo, al contrario, que, como muchos genios de la dirección, su técnica fue, sin alguna duda, original e inimitable, pero perfecta y completa.

Para entendernos, habría que aclarar qué es la técnica de un director. Pienso, como siempre digo, que la única definición posible de la técnica es “hacer todo lo necesario, solo lo necesario y en el momento adecuado”. Todo lo necesario para comunicar a la orquesta el dónde, el cómo y el cuándo; solo lo necesario, es decir, no hacer nada que no obtenga un resultado inmediato; y en el momento adecuado… bueno, esto es demasiado obvio.

Si nos ponemos a analizar uno cualquiera de los videos de Bernstein, veremos que estas características son llevadas a su máxima expresión: él “traduce” literalmente cada aspecto de la partitura con una gesticulación cuya expresividad es absoluta y completamente deslumbrante, con movimientos desde los más pequeños a los más evidentes, cada uno de los cuales obtiene una respuesta exacta en la orquesta.

¿Qué más, entonces?
Hay que reconocer, humildemente, que nadie puede dirigir como él, que nunca habrá una “escuela Bernstein”, y esto sucede solo frente a figuras geniales (tampoco habrá una “escuela Kleiber”, por las mismas razones), porque, de hecho, Leonard Bernstein ha sido un director de orquesta genial, uno de los más importantes de toda la historia de esta disciplina, que no se terminará de estudiar y del cual nunca se terminará de aprender.

Escrito en Lima, el 25 de agosto de 2018
Imagen de portada: Leonard Bernstein en Carnegie Hall, New York City, 1960 (Fotografía: Henri Cartier-Bresson / Magnum Photos).

Leonard Bernstein
Leonard Bernstein
Matteo Pagliari

Matteo Pagliari

(Parma, Italia, 1974) Director de orquesta y pianista residente en el Perú. Fue director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional del Perú en la Temporada 2009-2010. Ha trabajado con los maestros Roberto Abbado y Riccardo Frizza y ha dirigido a Juan Diego Flórez, Daniela Barcellona, Gregory Kunde, Patrizia Ciofi, entre otros. Autor del libro «Invenzione a due voci. Una conversazione con Glenn Gould», publicado por Albisani Editore.

Add comment

Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.