Camello Parlante

[CRÍTICA] “Pulgarcito”, la esperanza en un mundo siniestro

Lima ha tenido el honor de ser la segunda capital latinoamericana en acoger el estreno de la ópera infantil Pulgarcito del compositor Hans Werner Henze (1926-2012), luego de su première en el Teatro Colón de Buenos Aires en 2017. No es un dato menor, porque esta ópera está rotulada como una pieza destinada al público infantil, cuyo principal objetivo es acercar a los niños al arte lírico. Sin embargo, este estreno nos coloca ante una pregunta primordial: ¿hasta qué punto una obra para niños es una obra inocente e incontaminada de la realidad que nos rodea?

La respuesta a este interrogante está en la relectura de la aparente inocencia del argumento de esta ópera inspirada en los cuentos populares de Pulgarcito y Hansel y Gretel, cuya representación pudimos apreciar el domingo pasado en el Gran Teatro Nacional. La intertextualidad de lo que Henze nos quiere decir a través de esta obra lírica, a nosotros,  los adultos, nos obliga a enfrentarnos –inconscientemente- con algo siniestro, perturbador y, a la vez, esperanzador.

Puedo imaginar a los lectores sorprendiéndose de esta afirmación personal pero, como crítico, no he escapado a la profunda apelación que Pulgarcito transmite a través de las voces de niños para denunciar la frialdad, la indiferencia y la crueldad de nuestra sociedad contemporánea. Confieso que fui al Gran Teatro Nacional para presenciar un espectáculo ameno, distendido, en la línea de esas obras geniales y didácticas como Pedro y el Lobo de Sergei Prokofiev; sin embargo, me encontré ante una ópera con una inquietante profundidad psicológica y con un estándar artístico de respeto.

En primer lugar, la obra de Hans Werner Henze es casi desconocida por el gran público, excepto por las grabaciones de sus sinfonías y sus piezas de cámara. Los amantes del repertorio de la música contemporánea conocen su ópera El Cimarrón para recitante y orquesta, la cual ha tenido un recorrido aceptable por las salas de conciertos. Su ópera infantil Pulgarcito es una de las obras que mayor aceptación está ganando, gracias a su recurrente representación en los principales teatros de ópera, como una forma de acercar al público infantil a la experiencia lírica. No obstante, el lenguaje musical de Pulgarcito no es de fácil seguimiento: en algunos pasajes suena astringente, severo y disonante, con referencias al jazz, al tango y a la música de las comedias musicales. En su complejidad, las voces infantiles y adultas brindan la nota característica que moldean a la pieza como una obra dramática, que la coloca al mismo nivel de las óperas serias.

Para analizar esta puesta de Pulgarcito tenemos presente la naturaleza aleccionadora de los cuentos infantiles, cuyo trasfondo psicoanalítico es un plexo de advertencias presentadas en forma alegórica para el aprendizaje del niño. Estamos muy lejos de tomar a Pulgarcito como un simple cuento infantil, cuya historia, desarrollo, crisis y desenlace se disuelven en el tradicional “…y todos fueron felices y comieron perdices”. Al contrario, tal como nos han presentado el cuento en esta oportunidad, desde la composición de Henze, junto a la concepción escénica de Jean Pierre Gamarra, el desempeño de los solistas y el Coro Nacional de Niños, transformaron a la ópera Pulgarcito en una gran parábola de nuestro tiempo. El cuento infantil ha transmutado en un poderoso mensaje que nos alecciona a pensar sobre la realidad que nos apremia, la cual sufrimos cotidianamente, expuesta desde la mirada infantil, mucho más sincera que las visiones estereotipadas de los adultos.

La madre de Pulgarcito, Rosa Parodi (der.), junto a Fabrizio Moreno, Sofía Ortiz, Mariel García, Valery Rivera, Camila Sacín y Gabriel Laines, hermanos de Pulgarcito; al fondo, Lucero Zevallos, como Pulgarcito (Foto: Gran Teatro Nacional).
La madre de Pulgarcito, Rosa Parodi (der.), junto a Fabrizio Moreno, Sofía Ortiz, Mariel García, Valery Rivera, Camila Sacín y Gabriel Laines, hermanos de Pulgarcito; al fondo (izq.), Lucero Zevallos, como Pulgarcito (Foto: Gran Teatro Nacional).

En críticas anteriores, en camelloparlante.com, se ha señalado el talento de Jean Pierre Gamarra para volcar en escena la dimensión “psicoanalítica” de los argumentos de las óperas, a través del mundo de las imágenes. Este joven director de escena peruano promete una fructífera carrera, tanto por su imaginación, como por su compromiso serio con la corriente de innovación que demanda la complejidad del arte operístico. En este caso, su concepción escénica de Pulgarcito ha tenido la profundidad para sobrepasar el simple espectáculo de entretenimiento, para convertirla en una verdadera alegoría de denuncia sobre la realidad actual de la niñez, en un mundo cada vez más frío e indiferente.

Así, en el primer acto de la ópera, cuando el padre de Pulgarcito -interpretado muy convincentemente por el barítono Xavier Fernández–  junto a su madre -actuada por una muy expresiva Rosa Parodi– planean librarse de sus hijos por la angustiante situación económica en que viven, nos rememora uno de los puntos más perturbadores de la psicología de las relaciones de familia. La punta del ovillo de mi interpretación de lo que he visto, está en la lectura de Sigmund Freud en su ensayo Tótem y Tabú, quien expuso sobre que la cultura, la moral y las convenciones sociales surgen de la muerte simbólica del “urvater” o “el padre terrible”. Cuando con posterioridad Jacques Lacan realizó la relectura de Freud, al estudiar los meandros del “goce” de la psiquis humana, enunció que el “urvater” freudiano debía morir para transformarse en agente de la ley. En el caso contrario, el “urvater” asume el papel de un “padre terrible”, el cual devorará a los hijos varones y poseerá a las hijas mujeres, mientras esclaviza a su pareja-mujer como un simple objeto sexual. En nuestros tiempos, ¿con cuántos casos de “padres terribles” nos hemos topado en las crónicas policiales de los periódicos? ¿Cuántos casos de feminicidios y de crímenes con niños como víctimas, están relacionados con “padres terribles” que se creen la personificación de “su” propia ley? Esto es lo que hace el padre de Pulgarcito, quien sin remordimientos decide abandonar a sus hijos en el bosque para que mueran de hambre.

En Pulgarcito, el padre asume su voluntad de filicida, exculpándose con un discurso que es una denuncia del capitalismo voraz, como también una evasiva mental ante el más terrible de los crímenes. Jean Pierre Gamarra nos mostró a un “urvater”, junto a su familia alienada por la sociedad del espectáculo -figurada por un televisor- el cual, al apagarse, coloca a los personajes en la dura realidad del hambre y las privaciones materiales. El único racional en este cuadro es Pulgarcito, cantado magistralmente por la jovencísima Lucero Zevallos, quien con su voz describe el verdadero infierno de un niño desgraciado, quien descubre que sus padres planean algo terrible contra él y sus hermanos, pero no puede renegar de su amor filial: esa la ley de hierro de las relaciones de familia.

El padre de Pulgarcito, Xavier Fernández (centro), junto a integrantes del Coro Nacional de Niños que interpretan a los hermanos de Pulgarcito (Foto: Gran Teatro Nacional).
El padre de Pulgarcito, Xavier Fernández (centro), junto a integrantes del Coro Nacional de Niños que interpretan a los hermanos de Pulgarcito (Foto: Gran Teatro Nacional).

El segundo acto, con la aparición del Ogro y su familia, tenemos otra lectura de la realidad que conocemos, presentada con sutilezas destinadas a despertarnos de nuestro conformismo. El Ogro es muy humano a pesar de su naturaleza huraña; es un antropófago porque tiene miedo a los desconocidos, a los extraños que invaden su hogar y para proteger a su mujer y sus hijas, las ha castrado –simbólicamente- convirtiéndolas en otras pequeñas monstruos. ¿No nos recuerda este Ogro al “ciudadano de a pie y responsable” que teme la ola de refugiados extranjeros y que transmite prejuicios a su familia más cercana y a sus vecinos? Aunque la esposa del Ogro, tiene misericordia del pobre Pulgarcito y sus hermanos abandonados en el bosque, ella misma está bajo el férreo control de su esposo Ogro. Podemos examinar este cuadro de la ópera, como una denuncia a los sucesos que nos rodean en estos días: el temor al otro, al refugiado, al que llega desvalido a las puertas de nuestro hogar, al cual queremos excluir de nuestra mirada, ya sea comiéndolo –cómo quiere el Ogro- o estigmatizándolo. En este cuadro, Wilson Hidalgo personificó a un Ogro Terrible demasiado real, corrupto –realiza un guiño muy actual, al exigir a sus “hermanitos” del sindicato de ogros un retorno de “diez verdecitos”-, mientras que Bettina Victorero fue una esposa-Ogra, muy bien lograda.

La coexistencia de estos dos mundos oscuros es contrastada por la inocencia –y el realismo- de Pulgarcito, además de la empatía de Clotilde, la hija del Ogro, que salva a los espectadores del pesimismo extremo. El encuentro entre estos personajes, luego de vivir sus aventuras en el bosque, en donde los animales salvajes, no son tan salvajes y el lobo no es tan feroz, porque cumple su palabra, nos devuelve un rayo de luz y de esperanza. La parábola final de Pulgarcito, tal como nos la ha presentado Jean Pierre Gamarra es que la fraternidad entre los débiles podrá protegernos de los fantasmas aterrorizadores de nuestras historias familiares, como también de la hostilidad del mundo de los prejuicios y del odio. La reacción de los niños a esta historia, con sus personajes y sus toques de humor, difiere de la catarsis que sentimos los adultos al enfrentarnos con el verdadero esqueleto de los cuentos infantiles.

Bettina Victorero y Wilson Hidalgo como el Matrimonio Ogro (Foto: Gran Teatro Nacional).
Bettina Victorero y Wilson Hidalgo como el Matrimonio Ogro (Foto: Gran Teatro Nacional).

Toda esa lectura profunda de esta ópera es el resultado de un trabajo musical estupendo a cargo de los solistas y del Coro Nacional de Niños, bajo la dirección de Mónica Canales. Es loable la entrega de los niños en todos sus personajes a la ejecución de una partitura difícil, complicada y poco armónica para los oídos habituales y es un punto que merece nuestro pleno reconocimiento. Desde la personificación de Pulgarcito a cargo de Lucero Zevallos, o de sus padres cantados por Xavier Fernández y Rosa Parodi, o el matrimonio del Ogros, interpretado por Wilson Hidalgo y Bettina Victorero, han sido papeles cantados y actuados con gran imaginación y credibilidad.

La orquesta –Ensamble Artifex– a cargo del maestro Luis Chumpitazi sonó enérgica y muy acorde a lo que el desarrollo de la acción demandaba en el escenario. Como dijimos antes, la partitura de Henze no es fácil, ni es agradable desde lo melódico, pero el canto bien llevado junto a un desempeño orquestal apropiado, hicieron que Pulgarcito superara cualquier prevención de oídos entrenados o no. Gran trabajo de este ensamble orquestal conformado por jóvenes músicos que supieron sortear las dificultades musicales de una partitura compleja.

Otra observación sobre esta puesta es el gran trabajo escénico de Jean Pierre Gamarra y los diseños y vestuarios de Lorenzo Albani. Sus trabajos fueron conocidos por el público limeño en ocasión del Lima Opera Fest celebrado el año pasado, por lo que su colaboración con los Elencos Nacionales son una adelanto de una sociedad artística prometedora. La economía de recursos escénicos, el vestuario contemporáneo, junto al inteligente uso de la iluminación contribuyeron a que la puesta de Pulgarcito fuese de una imaginación y pulcritud digna de cualquier teatro de ópera prestigioso. Cada escena ha sido trabajada, ningún gesto actoral está librado al azar. Toda la ópera es una permanente sorpresa para el agrado de los adultos y para el asombro de los niños. Quizás uno de los cuadros más simpáticos fue cuando los animales del bosque hicieron su aparición, representados por máscaras trabajadas con materiales comunes como paja de escoba o cartón, pero con una fantasía que transportó a los presentes a un mundo onírico.

En verdad, este Pulgarcito ha sido una experiencia nueva, profunda, pero a la vez satisfactoria. Demuestra que cuando existe un proyecto artístico coherente y con una finalidad educativa concreta, el talento de los jóvenes peruanos florece para admiración de todos. Fue un gran trabajo del Coro Nacional de Niños, de los solistas, de la orquesta y del director de escena junto a su equipo.

Pero el premio mayor de esta temporada de ópera para niños ha sido el placer de observar a familias con sus hijos de 5 a 16 años disfrutar de un espectáculo desconocido, involucrándose con la historia y sorprendiéndose con la escenografía y las luces. Un verdadero trabajo de docencia musical que rendirá sus frutos con la creación de un nuevo público, lejos de los estereotipos o rituales que rodean al mundo de la ópera.

Quedaremos a la espera del próximo trabajo de los Elencos Nacionales, que han anunciado el estreno de la ópera Alzira, de Giuseppe Verdi. Una pieza lírica con un argumento ambientado en el Perú de la conquista, cuya escenificación estará a cargo del mismo equipo artístico. Sin dudas, será una ocasión musical en la misma línea de excelencia de lo que hemos presenciado con este Pulgarcito tan particular.

Ariel Campero

Ariel Campero

Melómano y diplomático. Secretario de Cultura y Turismo de la Embajada de la República Argentina en el Perú

Add comment

Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.