Camello Parlante

[CRÍTICA] OSNJB: La nueva gran generación

Escriben: Pablo Macalupú-Cumpén y Juan Pablo Goycochea*

Las sinfonías de Gustav Mahler tienen una característica muy especial: el compositor supo llevar al extremo a este tipo de composiciones y crear verdaderos colosos. Entre los mahlerianos es conocida aquella afirmación de que el artista dejaba su vida en sus obras y buscaba “crear un universo con todos los medios a disposición”.

Ciertamente, eso ocurrió con la Sinfonía Nº 5, que Mahler empezó a escribir entre  1901 y 1902. Henry-Louis de La Grange, el biógrafo más notable del compositor bohemio austriaco recuerda que, en febrero de 1901, el autor de dicha obra sufrió una hemorragia intestinal que lo puso al borde de la muerte. Al verano siguiente empezó a escribir los primeros movimientos de su Quinta; mientras que, en 1902, empezaba su nueva vida con Alma y concluía la segunda parte de la sinfonía con el cuarto y quinto movimiento.

En esta pieza podemos encontrar algunas reminiscencias de sus anteriores sinfonías, como un tema conocido de la Cuarta en el quinto movimiento de esta Quinta, entre otras que van más allá de solo una muestra del estilo Mahler.

La obra, que tuvo varias revisiones, se estrenó con reacciones mixtas. Aplausos por un lado, silbidos por el otro. Algunos críticos también fueron severos con sus opiniones. Sin embargo, citando a Leonard Bernstein, el tiempo de Mahler llegó y sus obras se posicionaron dentro del repertorio obligatorio para las orquestas del mundo y los amantes de la música sinfónica.

Fotografía: Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil Bicentenario
Fotografía: Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil Bicentenario

La ejecución de la Sinfonía Nº 5 es tan compleja como lo fue su propia creación. Esta obra no solo requiere de un alto grado de preparación y precisión musical, sino también de una interpretación madura de lo que Mahler nos quiere decir directamente a través de la orquesta. El dolor, la resignación, la desesperación más humana, así como la esperanza y una sensación de triunfo hacia el final de la obra.

Los múltiples cambios de humoren esta sinfonía resultan todo un reto para sus intérpretes. Presumiblemente, puede pensarse que una orquesta adulta y experimentada es solo la única capaz de afrontarla. ¿Qué hay de las nuevas generaciones?

La Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil Bicentenario nos ha demostrado que es capaz de asumir tal desafío musical e interpretativo. El logro no queda en intentarlo. Esta agrupación lo hace con un gran resultado artístico de la mano del director peruano Pablo Sabat Mindreau y el equipo de preparadores del joven elenco.

Hemos seguido año tras año la evolución de esta orquesta, desde el Ciclo Beethoven, pasando por conciertos con artistas invitados, óperas, Bruckner, Stravinsky y cómo olvidar aquel importante encuentro entre nuestra joven orquesta y la Sinfónica Juvenil de Chile hace ya seis años, cuando desde aquí reconocíamos el buen nivel y trabajo que venían desarrollando las orquestas juveniles e infantiles del país vecino, en una época en la que Sinfonía por el Perú comenzaba a salir adelante. Dar una mirada hacia atrás en el tiempo y escuchar actualmente a nuestra joven orquesta es realmente grato y satisfactorio.

En el primer movimiento, Sabat y la orquesta juvenil expresaron un carácter trágico y sarcástico ante la idea de la muerte. Ya desde el inicio el sonido de la orquesta estuvo a gran nivel, de la trompeta al tutti y la marcha fúnebre en la que las cuerdas lograron un buen trabajo con un sonido uniforme y muy sentido. Una mención especial a los metales, otro de los puntos fuertes y fundamentales en este movimiento.

Destacamos del segundo movimiento la toma de decisiones por parte de Sabat ante la orquesta. Sin perderse entre las notas, expresan desde elinicio esa vehemencia y ánimo tempestuoso que indica Mahler en la partitura. Este movimiento inicia de forma muy parecida a la fantasía sinfónica Francesca da Rimini de Tchaikovsky, pieza que evoca en su inicio el descenso hacia el infierno (de Dante) y este parecido toma sentido si tenemos en cuenta que la Sinfonía de Mahler comienza con una marcha fúnebre. De hecho, ciertos pasajes de los violines en este segundo movimiento nos recuerdan a los violines del ruso cuando se evoca a Dante encontrando a Francesca y su amante vagando en medio de una tormenta en el segundo círculo del infierno, el de la lujuria. Si bien toda la orquesta estuvo en buen nivel, los chelos se destacaron en el tema central.

El tercer movimiento con sus cornos al inicio tiene ese aire jovial que usará unos años después Richard Strauss en su inicio de Rosenkavalier. La casual semejanza toma más sentido si notamos que este scherzo mahleriano está escrito en 3/4, compás fundamental en dicha ópera del alemán, sin olvidar el vals tan importante que aparece. Como no podía ser de otra manera, los cornos desempeñaron un buen papel en su interpretación. Una vez más la orquesta estuvo a gran nivel para intercalar entre los tutti y las partes más tenues, entre la alegría y la nostalgia.

El Adagietto es sin duda el movimiento más conocido de esta sinfonía y quizá de toda la producción de Mahler, esto debido a que fue utilizado por Luchino Visconti en la banda sonora de su adaptación al cine del libro Muerte en Venecia de Thomas Mann. Este movimiento es todo lo contrario a los tres anteriores, porque si los dos primeros podemos escucharlos como un muerte/descenso y el tercero como una celebración a la vida, el Adagietto es un canto al amor, a la pasión y al éxtasis. Las cuerdas se lucieron en los casi diez minutos que dura esta parte sinfónica. Ellas y el arpa nos dejaron una de las mejores experiencias musicales que se han tenido en el Gran Teatro Nacional. Una versión cálida y sobria a la vez.

El último movimiento es un Rondó con algunas reminiscencias de su Cuarta Sinfonía terminada un par de años antes. Cuerdas y maderas fueron las más sobresalientes en este finale y a diferencia de los primeros tres movimientos, los metales tuvieron ciertas complicaciones. Quizá el cansancio ante una obra tan extensa y demandante.

En resumen, una bella versión de Pablo Sabat y su orquesta, bien cuidada y ejecutada. Con los años hemos ido entendiendo la línea interpretativa del director titular de esta orquesta, el Ciclo Beethoven fue una muestra de ello. Sabat ha sabido conducir a la Sinfónica Juvenil Bicentenario en cada reto que han ido afrontando desde hace casi una década.

Ciertamente, en algunos momentos notamos mínimas imprecisiones que pueden entenderse producto de la ansiedad que genera enfrentarse a una pieza monumental como esta. De lo que no se puede acusar a la orquesta es de haber tocado sin pasión. La emoción estuvo presente a lo largo de toda la hora y diez minutos de duración de la sinfonía.

La única función que se hizo el pasado 11 de abril no llenó el teatro, pero entre los asistentes quedará el recuerdo de haber asistido a un concierto sin precedentes. Un grupo de músicos se enfrentó al reto de ir a un repertorio complejo. Todos se mostraron convencidos de que con esfuerzo y entrega lo complicado se hace posible sin importar cuán joven seas. El elenco se presentó ante la ciudad como la nueva gran generación de la música clásica en el Perú. El presente y el futuro está en cada uno de ellos y el mensaje a público, críticos y periodistas es que desde ya tenemos calidad para disfrutar y, por qué no, exportar. Debemos seguir atentos a esta orquesta pues ha crecido mucho y nos hace pensar que algo importante sucede en el Perú.

*Pablo Macalupú Cumpén es periodista de música y fundador de camelloparlante.com, Juan Pablo Goycochea es músico y maestro de música, colaborador de camelloparlante.com

Fotografía: Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil Bicentenario
Fotografía: Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil Bicentenario
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