Camello Parlante
Tenor peruano Iván Ayón-Rivas (Fotografía: Tatiana Mazzola)

Iván Ayón-Rivas, el antidivo

En el imaginario colectivo actual, la ópera aún es vista como el arte de una pequeña élite social y de cantantes que están sobre un pedestal endiosados por un público presumiblemente culto. Quizá parte de estos estereotipos han sido reforzados por los medios de comunicación masiva, desde la televisión hasta el cine. A veces, parece que a la escena lírica no le importa. O quizás sí, pero el aire de exclusividad no le incomoda. De pronto, llegan ráfagas que le quitan el polvo a este género musical, como ocurrió con los Tres Tenores, tan amados y muchas veces criticados por hacer una labor de divulgación lírica; o producciones que ofrecen lecturas novedosas de una ópera; o ediciones críticas de partituras que han sido por años maltratadas por la “tradición” de la pirotecnia y el virtuosismo excesivo, en detrimento de las intenciones que dejó el compositor en sus obras.

Otro punto asociado a la ópera es la figura del “divo” o “diva” que, para nuestra suerte, se está diluyendo. Las generaciones más jóvenes traen un nuevo pensamiento. Para formarse y promover su trabajo se apoyan de los medios digitales; y, lo más importante, abandonan los viejos discursos de la música “superior, culta y erudita”, versus una música popular, “ligera” y quizás “superficial”. Porque buenas y malas obras hay en todos los géneros musicales.

En cada país del mundo están apareciendo sorprendentes talentos y el Perú no es la excepción. El tenor piurano Iván Ayón-Rivas acaba de cumplir veintiséis años y da mucho que hablar en cuanto teatro se presenta. Basta conversar unos minutos con él para notar que rompe todos los estereotipos que puede alguien tener sobre un tenor. Piensa muy bien cada una de sus respuestas y no teme decir que su carrera se ha nutrido de lo “popular” para aplicarlo en lo “clásico”, ni tampoco en cómo se debe mejorar la enseñanza del canto. Iván surge en el momento adecuado en que parece estar redefiniéndose varios conceptos alrededor de la ópera a nivel global. La fama no le quita el sueño, solo le importa perfeccionar su técnica. Es un antidivo de la escena lírica cuyo objetivo principal es ganarse el corazón del público.

Ayón-Rivas se presentó por primera vez en España el mes de enero. Lo hizo a través del Concurso Internacional de Canto Tenor Viñas, una de las competencias más importantes del mundo para el género lírico. Iván ganó en cuatro categorías: el primer gran premio, el premio especial ofrecido por Plácido Domingo para la categoría de tenor, el premio extraordinario del Teatro Real de Madrid y el premio del público que asistió a la final.

“Ganar un concurso que es el más viejo de los concursos de canto fue una alegría total. Me hizo saber no que había llegado, sino que estoy en buen camino, que estoy tomando el camino correcto técnicamente”, me cuenta Iván durante una conversación que tuvimos en Lima la última semana de mayo.

Hay una especie de estrategia muy bien planeada en la carrera del artista peruano. No se apresura en hacer todos los concursos posibles, sino que los ha dosificado, desde sus inicios en la ópera en 2013, con el triunfo en el Concurso Nacional de Canto de Radio Filarmonía y el Premio Pavarotti del concurso Etta Limiti en Italia, en 2015. De hecho, Iván tiene solo seis años en el mundo de la lírica. Lo recordó cuando le comenté sobre cuánta atención llamó que el maestro Gregory Kunde llegara a Lima para cantar el Requiem de Verdi, en 2011, en pleno proceso de cambio de repertorio. “En ese tiempo yo no estaba en la ópera”, dice entre risas.

En aquel momento, Iván estudiaba administración de empresas en la Universidad de Piura y en Esan, pero la idea no le convencía del todo. En las horas libres, como lo hacía desde niño, cantaba mariachi con su padre también llamado Iván. El primer mentor de nuestro protagonista reconoce que, cada vez que ve cantar a su hijo, siente nervios, no puede estar tranquilo hasta que da la última nota. Es el orgullo de un padre que ha visto la evolución vocal de su pequeño. La madre de Iván, la señora Sabina, también habla emocionada de su hijo. El cantante vive en Italia desde 2015. Ambos dicen que cuando su hijo llega de vacaciones toda la rutina se altera y sienten que viven un sueño.

Al ver a sus primos como ingenieros y con otras profesiones, Iván pensó qué decisión tomar. En un país como el Perú en que el público de conciertos es muy bajo, no hay industria discográfica y, en los mejores momentos, se producen como máximo cuatro óperas al año, apostar por el canto como carrera parecía de locos. Pero él, como tantos otros jóvenes han hecho, dejó la administración y el marketing a un lado. Administradores y marketeros tenemos muchos, tenores con carreras excepcionales muy pocos. Y si continúa con los pasos correctos podremos decir, casi cien años después, que tendremos al gran sucesor de Alejandro Granda, como tenor lírico. Sería una rareza teniendo en consideración que, en la ópera de hoy, Perú se asocia más a las sorprendentes voces de tenor ligero como las de Luis Alva, Ernesto Palacio y Juan Diego Flórez.

Iván Ayón-Rivas cantó con éxito anoche su segunda función de La Bohème en un debut para el recuerdo, nada menos que en el legendario Teatro Bolshoi de Moscú, en Rusia. Solo han pasado tres años de su despegue internacional y la agenda está ocupada hasta 2022. Hay proyectos más que interesantes que no se pueden comentar. Lo mejor está por llegar.

Pablo Macalupú-Cumpén: Iván, en tres años hemos visto una gran evolución en tu carrera. Ahora te mueves en un circuito muy importante en Europa, en los teatros más emblemáticos de Italia y trabajas junto a importantes directores de orquesta y escena. ¿Qué lecciones te están dejando?
Iván Ayón-Rivas: Sí, ha habido un cambio radical. En escena, lo que he aprendido con grandes registas como Pier Luigi Pizzi, Daniele Abbado o del cine como John Turturro es que cuanto menos haces, mejor. En el escenario no hay que exagerar las cosas, así irás más directo y llegarás mucho más rápido a la gente. Incluso cuando haces ópera en concierto, muchas veces puede resultar más creíble que una puesta en escena. Los ojos, las manos a veces son más expresivas que moverse mucho sobre el escenario. Lo exagerado no es creíble. Cuando uno te cuenta una historia triste, ¿qué pasa?, te mira a los ojos, baja las manos. Lo cuenta con el color de la voz, con la expresión.

Hace poco hice Il corsaro en Piacenza y Modena con la regia de Lamberto Puggelli, repuesta por su esposa Grazia. Esa es una regia hecha para cantantes y sin perder el significado de las escenas.

¿Y cómo te llevas con las producciones más contemporáneas, por ejemplo, con La Traviata de La Fenice u otras más recientes?
Digamos que con esa Traviata no he tenido problemas. Todo depende de que los movimientos no salgan del contexto de la ópera. Podemos hacer una Bohème como la que hice con Àlex Ollé de La Fura dels Baus (2016) y puedo estar con una camisa a cuadros o ser un hipster, pero sin perder la importancia de la palabra en la ópera. Hay muchas cosas que se deben respetar.

Aquí el director de orquesta Gianandrea Noseda comenta con Euronews la música de La Bohème, en la producción que participó Iván Ayón-Rivas en 2016.

Yendo a temas vocales, tu repertorio se desarrolla en el tipo de tenor lírico y estás eligiendo con bastante cuidado tus roles.
Hasta ahora mi repertorio ha sido de pocas óperas. La Traviata, Rigoletto, L’Arlesiana y poco a poco cantaré L’elisir d’amore, Lucia di Lammermoor, I Capuleti e i Montecchi para entrar en un repertorio mucho más belcantista. Hay gente que me ha propuesto Carmen, Un ballo in maschera o Turandot. Pero para cantar Carmen esperaré mínimo seis años, Ballo in Maschera mucho más y Turandot ni qué hablar.

¿Para ti de qué depende? ¿madurez física o mental?
Física y técnica que pueda tener un cantante. Si no tienes buena técnica que vaya a la par con tu madurez física no puedes rendir en una ópera más pesada. No se puede.

¿Y qué te está dejando el trabajo con los directores de orquesta?
Stefano Ranzani, por ejemplo, me enseñó que la partitura se respeta al detalle, mientras que con Fabio Luisi aprendí lo que es la tradición, que también es importante. Pero veamos, el año pasado hice un Rigoletto en el Teatro de la Ópera de Roma con Daniele Gatti (video). Trabajar con él es una experiencia inigualable. Es perfecto en su gesto. Hicimos un Rigoletto fuera de los esquemas. Musicalmente hicimos todo como se escribió en partitura, sin el si natural al final de La donna è mobile, sin el la de Ella mi fu rapita y sin el sol de Rigoletto al final del Pari siamo. Pero él nos dio explicación para todo.

Yo había leído Le roi s’amuse y todo lo que había escrito Verdi era como lo de Víctor Hugo. Cada nota tenía un significado. Esto es como la banda sonora de El señor de los anillos (Shore) que tiene una nota musical para representar a cada personaje. Verdi hace lo mismo. Para Rigoletto la nota es el do, para Gilda la nota es mi, para la maldición de Monterone la nota es re bemol.

En el manejo de los tiempos también hubo detalles. Cuando Rigoletto canta “ah, veglia, o donna, questo fiore…” todos los directores lo hacen lento. Piensan que es la conversación de un padre con la nana de su hija. Hay tantos que hacen morir al barítono al hacerlo tan lento, pero Verdi lo escribe en un tiempo rápido. ¿Por qué? Porque analizando a Verdi y a Hugo en ambos casos encuentras en esa parte a un padre desesperado, no a un Giorgio Germont, que es un noble. Esa desesperación es la que se tiene que expresar. Cambias el tiempo y cambias toda la idea.

De hecho, los conservatorios, pianistas y maestros deben tratar de enseñar las cosas como son y luego recién adaptarse a las tradiciones. Y eso no es ser purista.

En tu trabajo de intérprete también debes proponer. ¿Cómo negocias entre lo que piensas y lo que propone el director?
El secreto es hacer lo correcto. Yo puedo decir una idea mía. Y hay muchos cantantes que lo hacen y cuando preguntan la razón responden “porque me gusta”. Si, por ejemplo, canto el aria del Duca jurando una venganza entre dientes, susurrada, porque la siento más peligrosa que una venganza gritada, los directores aprecian la idea y dicen “ok, lo hacemos así, entonces”. O también te pueden decir, “aquí Verdi escribió la orquesta en forte y el Duca está molesto y grita la venganza diciendo que quien lo ha hecho morirá”. Es decir, hay una confrontación de ideas, una discusión en el buen sentido de la palabra.

Iván Ayón con Leo Nucci (Fotografía: Rosellina Garbo)
Iván Ayón-Rivas con Leo Nucci (Fotografía: Rosellina Garbo)

Tu voz se ha formado con música mariachi y mientras has avanzado tu carrera como cantante lírico has convivido entre ambos géneros musicales. Ahora, ¿cómo ves a la música popular?
Como una ayuda. Yo no podría enfrentarme a la ópera sin haber pasado por distintos tipos de público. Nosotros (Iván y su padre) en un sábado vemos cinco o seis distintos tipos de público: los que están conversando, los borrachos, a los que les gusta, a los que te ponen atención. Y es fácil así porque cuando uno llega al teatro encuentras a un solo público: al que le gusta la ópera… o al curioso. Pero siempre es casi uno solo.

Aparte de eso, la música popular te ayuda a resolver situaciones. Conozco compañeros que han hecho toda su vida música clásica y, a veces, en una situación vocal de dificultad se bloquean.

Un cantante popular no. Un cantante popular te saca de donde sea la fuerza. Encuentras la posición que te ayuda a resolver algo.

Y tampoco te desconcentrarías con los aplausos en medio de un recital. Algunos dicen que los desconcentra. ¿Pasa realmente?
Sí, les pasa. O sucede que colegas que hacen conciertos solos de doce arias de ópera y al final canciones terminan cortando una o dos piezas. El secreto de hacer un concierto es que el final debe tener canciones populares que a la gente le gusta. A los italianos les gusta Ti voglio tanto bene o Parlami d’amore Mariu.

Lo que te da la música popular y mexicana en mi caso fue el interactuar con el público, hacerlos cantar, hacerlos aplaudir, divertirlos y salir en brazos. El estilo que me da la música mexicana también es un estilo no tan distorsionado como la música criolla. El estilo, la posición, la vibración que puede dar la música criolla tiene un poco más de vicios vocales que la música mariachi que es la del macho mexicano, el tenor con la voz libre, impostada. Notas largas, graves, altas, medias. Es por eso que hay muchos tenores que les apasiona la música mexicana. En mi caso, la música mexicana, el mariachi es una pasión de toda la vida. Tengo mi vihuela, mi guitarrón. Cuando estoy aquí trabajo con mi papá y en Milán con mi tío. Lo hago por la pasión hacia la música mexicana.

Dicen que como peruano tengo que cantar la música criolla, pero he nacido y crecido con la música mexicana.

Además hablemos de la música en general, más allá de nacionalismos. También se puede señalar de “antipatriota” el cultivar la ópera o la música mexicana y no es así.
Yo no canto música peruana en mis conciertos, más que todo porque no la conozco y es difícil que te acompañen. A veces veo al pianista un día antes del concierto. Hasta la guitarra llora tiene un acompañamiento difícil, tiene un estilo que no puedo hacer. Mientras que lo demás de Rosa Mercedes Ayarza no conozco, no he crecido con esa música, no tengo cierta afinidad. Sin embargo, respeto mucho la música académica peruana y también la que se ha estilizado. La respeto mucho.

Iván Ayón en el Concurso Viñas (Fotografía: Concurso Viñas)
Iván Ayón-Rivas en el Concurso Viñas (Fotografía: Concurso Viñas)

¿Cómo fue la experiencia en el Concurso Viñas?
Ha sido una experiencia hermosa. Para mí es primera vez que cantaba ante un público español. Ganar un concurso que es el más viejo de los concursos de canto fue una alegría total. Me hizo saber no que había llegado, sino que estoy en buen camino, que estoy tomando el camino correcto técnicamente, musicalmente.

A veces un joven dice “gané, ya llegué. Gané porque canto bien, porque soy perfecto”. En realidad, ganar un concurso es la demostración de que estás haciendo las cosas bien pero que aún te falta.

Recibir la ovación del público español, recibir los aplausos y felicitaciones de Christina Scheppelmann o de Joan Matabosch fue una experiencia inolvidable, muy bonita y me dan más ganas de estudiar y regresar a la casa de mi maestro (Roberto Servile) y seguir estudiando técnica para alcanzar mis metas, que son simples. Para mí, es hacerme escuchar por todo el mundo. Llegar al nivel de los más grandes de la historia. Yo no quiero ser famoso, eso puede ser una consecuencia, yo quiero llegar a cantar bien. Esa es mi meta.

¿Sientes que no cantas bien?
Todavía me falta mucho. Por ejemplo, si escuchamos la grabación del Faust de Giuseppe di Stefano, hace un do que comienza forte y se va a pianissimo. Para llegar a hacer eso se necesita mucho estudio. Poco a poco lo estoy logrando. Digamos que ahora lo que yo hago es volverlo más dulce, pero todavía me falta hacer un si bemol piano como lo hacía Corelli. Si la gente se aloca con la coloratura y los agudos de Flórez, la gente también se aloca con dar un agudo y tener el control. Para mí el referente estrella es Corelli.

¿Siempre vuelves a los discos de Corelli?
Claro.

A propósito de tu debut en el Teatro Bolshoi con Rodolfo, ¿cómo construyes este personaje?
Cuando canto Rodolfo ya desde que comienza la ópera me saca una sonrisa. Hay  emoción desde que sube el telón, más aun cuando comienza Che gelida manina. Pienso que para cantar Rodolfo también hay que conocer la pobreza. Nosotros (Iván y su familia) hemos conocido eso. Sabemos lo que es estar bien con el estomago vacío, ser felices con muy poco. Nosotros tres siempre lo hemos conocido y a mí me ha ayudado muchísimo para cantar La Bohème.

Rodolfo es un muchacho que vive de sus sueños, un bohemio, a él no le interesa tener hambre. ¡Ese cojudo no trabaja!, no le gusta trabajar, a él le gusta escribir y no quiere ir a buscar comida, él cree que se va a volver famoso a pesar de que escribe tonterías. Entonces, Rodolfo es un personaje más complicado de lo que se ve. No es cantar la Gelida manina por cantarla, no es gritar Mimì al final, es simplemente ser más humilde. Puccini te presenta la descripción del alma de una persona y tienes que hacerlo así.

Creo que en mi experiencia personal he sido como Rodolfo, he vivido del canto, he luchado por mis sueños, no quería ir a la universidad, no quería hacer otra cosa, solo quería cantar. Y hay otra cosa importante: conocer la muerte de cerca.

El barítono Carlos Álvarez me dijo que rechazó tres veces a Rigoletto cuando era más joven porque no era padre. De hecho, puedes cantar ciertas cosas sin haberlas vivido, pero pasar por momentos similares te hace expresar absolutamente todo.

Conociendo la muerte de cerca vas a saber lo que sufre el personaje con la muerte de Mimì. Esas dos ultimas frases: Mimì, Mimì o el Quel guardarmi così? es como cuando estás en el hospital esperando y el doctor sale, no te puede mirar a los ojos. “Doctor, respóndame, ¿qué pasó? ¿qué pasó?”. Y te da la noticia: “no se pudo hacer nada”. Ese sufrimiento, eso es lo que tienes que expresar a la gente. Haberlo vivido te da la facilidad de hacerlo con más naturalidad. Lógicamente, cada vez que uno canta eso, una parte del alma va muriendo, una parte del alma sufre.

Definitivamente que toda experiencia va sumando a tu trabajo. Y además de la voz y la escena, ¿cómo debe construir un cantante lírico un personaje sobre sí mismo para alcanzar el éxito?
Crear un personaje quizá es para las estrellas de Hollywood porque son gente que está a la luz de absolutamente todo el mundo. Cuando tienes que cantar para el público, puedes crear un personaje sobre ti mismo, pero el canto es el reflejo del alma. Mientras más humilde eres, el canto va a ser aún más bello.

Cantar es como hacer el amor con la persona que amas. Es entregar absolutamente todo. Todo lo que eres. Y si te muestras con la gente como eres, ellos te apreciarán muchísimo más.

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Iván Ayón tras su debut en el Bolshoi de Moscú (Fotografía: Facebook oficial de Iván Ayón)
Iván Ayón-Rivas tras su debut en el Bolshoi de Moscú (Fotografía: Facebook oficial de Iván Ayón-Rivas)
Pablo Macalupú-Cumpén

Pablo Macalupú-Cumpén

Lima, 1990. Fundador de CamelloParlante.com | Periodista musical y de asuntos internacionales. Trabajo en TV Perú y colaboro con la revista Caretas. Escribo en Camello Parlante desde 2007. He realizado investigaciones sobre medios de comunicación y prensa cultural.

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